Liceístas de racamandaca
Hubo una época gloriosa: al confirmarse la institución educativa del joven bachiller solicitando ingreso a la educación superior, los liceístas tenían cupo asegurado: las puertas de instituciones universitarias, nacionales o extranjeras, se abrían, de par en par, tratando de cautivarlos: los liceístas se daban el lujo de escoger la mejor opción, camino al pedestal, y en Cartagena de Indias, donde aún se respiran átomos de gestas libertarias, el glorioso LICEO DE BOLÍVAR, fundado en 1950 como apéndice de la Universidad de Cartagena, ofertaba educación pública de altísima calidad en aquellas épocas aciagas, cuando hijos de familias humildes tenían mínimo acceso a la educación secundaria y se hizo el milagro de la equidad: germinado en el Cuartel del fijo, sector amurallado, sus raíces agigantadas tomaron rumbo hacia la Avenida Escallón y, lastimosa e infamemente relegado al precario y peligrosísimo rincón del barrio Daniel Lemaitre, donde intenta sobrevivir sin perder el espíritu indomable ni el alto rendimiento académico, semillero aquilatado de bachilleres corajudos, de ‘racamandaca’, respetuosos, disciplinados, solidarios, impregnados de pensamiento crítico-democrático, nutriendo a la Universidad de Cartagena, al país y al mundo, forjando estudiantes comprometidos con el desarrollo científico y justicia social, clave de la auténtica e inoxidable paz, manteniendo viva la impronta de los liceístas: profesionales aquilatados, solidarios, lastimosamente despojados de la espléndida sede construida por el Gobernador de Bolívar, don Rafael Vergara Támara (1962), a un lado de la Avenida Pedro de Heredia, convencido de que “es mucho más económico, pertinente y conveniente para la sociedad construir aulas que calabozos”.